BIOGRAFÍA DE ALFONSO NORIEGA
“El camino del exceso
conduce a las torres de la sabiduría”
(William Blake)
Aquel soleado lunes, los
alumnos del aula 102 de la CEPREPUC (el centro preuniversitario de la
universidad Católica) se vieron asombrados con el anuncio de la profesora:
Alfonso Noriega, uno de sus compañeros, era el primer puesto del primer examen
general. Los chicos estaban extrañados, pues hablamos de un personaje siempre
vestido de negro, sucio, sentado siempre en las últimas carpetas del salón: el
clásico vago. ¿Cómo era posible que aquel “espécimen” fuera el primero no solo
de la clase, sino de todo el centro preuniversitario? Los chicos no tendrían
mucho tiempo para recuperarse de eso asombro, pues pocas horas después vendría
otro: Alfonso era expulsado de la CEPREPUC por consumir drogas en sus
instalaciones, el mismo día de haber quedado primer puesto en el examen
referido. Habría que acotar que al susodicho no le importó en absoluto ser
expulsado. Incluso se dio el lujo de proteger a otro alumno que había consumido
con él y no delatarlo, evitando que lo expulsaran.
De esto se trataba la vida
de Alfonso Noriega Reto en esos años: levantar algo grandioso (algún gran logro
académico, intelectual, artístico o de trabajo), para destruirlo en un
santiamén, todo bajo una pulsión autodestructiva y tanática que lo llevó a los
infiernos de la drogadicción, de la degradación, de una vida lumpen y
delincuencial. Esos tiempos implicaron para el susodicho navegar por todos los
estratos, por todas las situaciones: Vivió en Pueblo Libre, La Molina,
Magdalena, San Juan de Miraflores, El Centro de Lima, Chosica, Punta Negra y
Surco, tanto a solas como acompañado, con familia o conviviendo con una mujer;
fue estudiante del Colegio Carmelitas, cursó Literatura y Lingüística en la
PUCP (tras ingresar por el examen de admisión general en 5to puesto), dejó la
universidad sin completar la carrera; trabajó de vendedor con gran éxito, de
mozo, de operario de limpieza, perdió todos los empleos por la drogadicción
cada vez más profunda, más brutal y animal. En tal sentido, Alfonso consumió
desde cocaína en discotecas miraflorinas a pasta básica en casas abandonadas en
San Juan de Miraflores; robó y asaltó a familiares (incluso padre y madre),
amistades y extraños, probó todas las drogas, vio morir compañeros, él también
estuvo al borde de la muerte, vivió todos los infiernos.
Durante este aciago camino,
no dejaba de ser la vida y la personalidad de Alfonso muy rara con respecto al estereotipo
de drogadicto. Alguna vez su padre le dijo: “De verdad que eres raro. Por un
lado, eres un ratón de biblioteca; por otro, un drogo salvaje”. Como ejemplo de
la primera parte de la contradicción, Alfonso (al que todos llamaban Pocho
desde su tierna infancia para diferenciarlo de su padre, del mismo nombre), con
solo 15 años de edad, leyó Hamlet, de William Shakespeare, de un tirón, en un
par de horas. Desde los 13 años devoraba todo libro que caía en sus manos, aun
cuando ni su padre ni su madre tenían costumbre de leer. Con los años, Alfonso
sería poeta y músico, y muchas de sus andanzas “drogísticas” serían en los
conciertos y pubs que frecuentaba o en los que tocaba.
Después de intentos fallidos
en centros de rehabilitación, llegó el año 2010 y Alfonso fue internado en el
Instituto de Salud Mental Hideyo Noguchi, donde se rehabilitó. Desde ese
entonces hasta la actualidad, permanece “limpio”. Ha rehecho su vida y en la
actualidad estudia Comunicaciones en la Universidad Villareal, en tanto
trabaja. Del periodo correspondiente a la rehabilitación se podría hacer otra
historia, larguísima, tan insulsa al ser resumida como la presente.