sábado, 23 de agosto de 2014

El pasaje Peñaloza

Avanzar por Zepita y doblar la esquina en el pasaje Peñaloza significa recibir de golpe en el rostro un fuerte olor a orines. También ver al final de la calle el frontis de la Universidad Federico Villareal, como si fuera una tabla de salvación ante la inmundicia de la basura y la corrupción. ¿Hay alguna otra manera de llegar al local central? Por supuesto, son varias, y todos los días las emprenden aquellos que no desean tropezar con heces o botellas, ser asaltados o silbados por travestis.
El Pasaje Peñaloza se encuentra entre las cuadras 3 de la Avenida Nicolás de Piérola (o Colmena) y 6 del jirón Zepita, en pleno Centro de Lima. Las pocas casas a lo largo de sus 2 cuadras están desvencijadas; sus puertas de madera, tan obscuras como la noche, están apolilladas, dañadas por los elementos, tal vez también por los golpes de ebrios y drogadictos. Hay un par de hostales también, y es obvio que tanto estos como los primeros no tienen más función que alojar a los travestis de la zona. Estos dan cortos pasos ante las puertas de sus respectivos “locales de trabajos” con pequeñísimas ropas a pesar del frío: minifaldas, pequeñísimos shorts, tops. Las llamas de este ambiguo infierno enclavado en el invierno limeño son sostenidas por las drogas, no hay duda, seguramente pasta básica y cocaína, lo cual se puede deducir a partir de las vidriosas miradas y del hecho que algunos (o algunas, como pueda decirse) travestis tambalean en tanto caminan.
Las heces de canes y las botellas vacías de ron y tragos cortos están regados a lo largo del pasaje, como parte de una horrenda cotidianidad y costumbre, tanto como puede ser en algún otro sitio mucho más pudiente y honorable ver a los niños jugar fulbito ante la puerta de sus casas, tras haber terminado las tareas del colegio.
¿Fue siempre así? No. Los años 80 y 90 dibujaban el frontis de la Universidad Villareal (frente al pasaje Peñaloza y en plena Colmena) como una feria de ambulantes entregados a la venta de  discos compactos importados de segunda mano, vinilos, comics, revistas, libros, etc; un evidente caos, pero cultural, artístico, ajeno a la degradación y corrupción actual. Esta inició en los años 90, con la llegada de novatas prostitutas a los jirones Chanzay, Zepita y el pasaje Peñaloza. En un primer momento, los habitantes de la zona no protestaron, porque “las nuevas vecinas” trajeron un curioso impulso económico a la zona: dinero fresco para hostales, bares y bodegas. Pero, con los años, el panorama empeoró, pasando de las prostitutas y noches de jolgorio a los travestis, fumones y permanente basura.
Las actuales características del Pasaje le dan su “aura especial”: ningún estudiante pasa por allí para llegar a la universidad Villareal. Solo caminan por allí (aparte de travestis y drogadictos) los habitantes de la zona, los niños con sus madres que van al colegio que está en el cruce del Pasaje con la avenida Colmena.

Esta es la cotidianidad aledaña a nuestra vida universitaria, erosionando nuestras experiencias como hace el oleaje con los arrecifes.

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