Avanzar por Zepita y doblar
la esquina en el pasaje Peñaloza significa recibir de golpe en el rostro un
fuerte olor a orines. También ver al final de la calle el frontis de la Universidad
Federico Villareal, como si fuera una tabla de salvación ante la inmundicia de
la basura y la corrupción. ¿Hay alguna otra manera de llegar al local central?
Por supuesto, son varias, y todos los días las emprenden aquellos que no desean
tropezar con heces o botellas, ser asaltados o silbados por travestis.
El Pasaje Peñaloza se
encuentra entre las cuadras 3 de la Avenida Nicolás de Piérola (o Colmena) y 6
del jirón Zepita, en pleno Centro de Lima. Las pocas casas a lo largo de sus 2
cuadras están desvencijadas; sus puertas de madera, tan obscuras como la noche,
están apolilladas, dañadas por los elementos, tal vez también por los golpes de
ebrios y drogadictos. Hay un par de hostales también, y es obvio que tanto
estos como los primeros no tienen más función que alojar a los travestis de la
zona. Estos dan cortos pasos ante las puertas de sus respectivos “locales de
trabajos” con pequeñísimas ropas a pesar del frío: minifaldas, pequeñísimos
shorts, tops. Las llamas de este ambiguo infierno enclavado en el invierno
limeño son sostenidas por las drogas, no hay duda, seguramente pasta básica y
cocaína, lo cual se puede deducir a partir de las vidriosas miradas y del hecho
que algunos (o algunas, como pueda decirse) travestis tambalean en tanto
caminan.
Las heces de canes y las
botellas vacías de ron y tragos cortos están regados a lo largo del pasaje,
como parte de una horrenda cotidianidad y costumbre, tanto como puede ser en
algún otro sitio mucho más pudiente y honorable ver a los niños jugar fulbito
ante la puerta de sus casas, tras haber terminado las tareas del colegio.
¿Fue siempre así? No. Los años
80 y 90 dibujaban el frontis de la Universidad Villareal (frente al pasaje
Peñaloza y en plena Colmena) como una feria de ambulantes entregados a la venta
de discos compactos importados de
segunda mano, vinilos, comics, revistas, libros, etc; un evidente caos, pero
cultural, artístico, ajeno a la degradación y corrupción actual. Esta inició en
los años 90, con la llegada de novatas prostitutas a los jirones Chanzay,
Zepita y el pasaje Peñaloza. En un primer momento, los habitantes de la zona no
protestaron, porque “las nuevas vecinas” trajeron un curioso impulso económico a
la zona: dinero fresco para hostales, bares y bodegas. Pero, con los años, el
panorama empeoró, pasando de las prostitutas y noches de jolgorio a los travestis,
fumones y permanente basura.
Las actuales características
del Pasaje le dan su “aura especial”: ningún estudiante pasa por allí para
llegar a la universidad Villareal. Solo caminan por allí (aparte de travestis y
drogadictos) los habitantes de la zona, los niños con sus madres que van al colegio
que está en el cruce del Pasaje con la avenida Colmena.
Esta es la cotidianidad
aledaña a nuestra vida universitaria, erosionando nuestras experiencias como
hace el oleaje con los arrecifes.
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