“ENTENDERSE
ES UNA MISERIA”
Borges, el genial escritor y
sabio Borges, fue víctima del bullying. Sin haber ido estado anteriormente en
colegio alguno, entró directamente al cuarto grado en una escuela pública, a
los 9 años.
Corría el año 1908. Sus compañeros
de colegio se burlaban de él por ser el sabelotodo que llevaba anteojos, que
vestía de forma demasiado pulcra, con ropa cara y que no gustaba de los
deportes. Para empeorar las cosas, en esas épocas Borges tartamudeaba. ¿qué
aprendió en esos años? Formas para pasar desapercibido y adquirir una
personalidad polémica.
Jorge Francisco Isidoro Luis
Borges nació 2 en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899. A los cuatro años ya sabía
leer y escribir, lo cual hace patente su genialidad. ¿Acaso el difícil carácter
del cual haría gala en su adultez tuvo que ver con las experiencias arriba
referidas? Es posible. Si Borges pronunció alguna vez la frase “entenderse es
una miseria”, tal vez el origen de tal frase estuviera en los remotos hechos
mencionados, indudablemente traumáticos para un chico frágil que se había
criado entre libros, cuya vida eran los libros, una vida que lo llevaría a
decir con respecto a ellos (cuando ya era ciego) “no puedo leerlos, pero su
presencia es lo que importa”, o “la literatura es una operación misteriosa”.
y claro, saberse tan
inteligente, ser maltratado por chicos que evidentemente no tenían su claridad
de pensamiento, solo podía traer en el pequeño Borges una soberbia que se
acentuaría con los años (hasta el punto de ser temido por los periodistas que
querían entrevistarlo o decir con respecto al género novelístico “está llena de
ripio”); también la ironía como método de defensa, la cual se haría afilada y
elegante con el paso del tiempo (como responder un “constantemente” a la
pregunta “¿Tiene ganas de plagiar?” en una entrevista).
Aun cuando en sus famosísimas
obras (desde “el Aleph”, “Historia universal de la infamia” hasta “Ficciones”)
Borges no enarboló una visión amarga de la vida (lo cual hubiera sido una
deducción obvia dados los hechos de su niñez), tal vez sus declaraciones personales
en entrevistas si lo hacieron, visión tanto amarga como irónica.
Frases como “el saber que no
hay vida después de esta me tranquiliza” o “yo quiero ser olvidado” eran tanto
a la vez burlonas para quienes las oyeron como manifiestos vitales (o
antivitales): por un lado, el no querer volver a vivir una vida por demás
pesarosa y por otro, la conciencia de una humanidad absurda a la cual no se
desea ya pertenecer.
Incluso frases como “yo no
tengo obra, mi obra es una miscelánea, una ilusión óptica de la tipografía” que
pudieron parecer simplemente una falsa modestia burlona e irónica, tenían un
trasfondo amargo: el saber que toda obra humana es fútil, sin sentido. Cada frase
amarga de Borges estaba teñida de ironía, ironía que también se ensañó con él
en su vida real.
Borges padecía una
enfermedad congénita cuyo fin era la ceguera, enfermedad que ya había afectado
a su padre, y que se dio en Borges en un proceso lento, hasta llegar a su
clímax en 1955. El padecer esta enfermedad fue ya de por sí una gran ironía del
destino para alguien cuya vida eran los libros.
El mentado clímax implicó
que un oftalmólogo le prohibiera leer y escribir. Aunque aún distinguía luces y
sombras, esta prohibición cambió profundamente su práctica literaria.
Pero la mayor ironía de dio
poco después: Borges fue nombrado director de la Biblioteca Nacional Argentina.
Él mismo lo relató su impresión ante estos hechos en una conferencia dos
décadas más tarde: «Poco a poco fui comprendiendo la extraña ironía de los
hechos. Yo siempre me había imaginado el Paraíso bajo la especie de una
biblioteca. Ahí estaba yo. Era, de algún modo, el centro de novecientos mil
volúmenes en diversos idiomas. Comprobé que apenas podía descifrar las
carátulas y los lomos…»
¿Cómo no tener una visión
amarga de la vida, entonces? ¿Cómo podría no haber pronunciado Borges una frase
“escandalosa” como “la democracia es un abuso de la estadística”?
El escritor, cuyas controversiales
posturas políticas le impidieron ganar el Premio Nobel de Literatura, al que
fue candidato durante casi treinta años, murió en Suiza, Ginebra, el 14 de
junio de 1986. Había vivido 87 años. ¿Cómo pudo atreverse a vivir tanto una
persona con una visión tan amarga de la vida? Olvidamos que hablamos de la
misma persona que en una entrevista, pronunció: “A un caballero solo le
interesan las causas perdidas”.
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