Hermann
Buhl: Arriba y a solas
“Aquí no impera ya más que
el espíritu; el espíritu que no piensa en otra cosa que en subir”. Esta cita de
origen desconocido podría también atribuirse a Hernamm Buhl, uno de los mejores
alpinistas austriacos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en los extenuantes
momentos previos a llegar a la cumbre del Nanga Parbat, a 7820 metros de
altitud. Y es que, tal vez, aparte de la droga, aquello que le dio las fuerzas
para llegar a la cima de aquel temible nevado fue el verse abandonado por sus
compañeros.
Era 1953 y un mes antes de
llevar a éxito la expedición en helada y absoluta soledad, Buhl, austriaco de
nacimiento, se encontraba listo para una nueva aventura en los alpes alemanes,
aun cuando las personas que lo acompañaban (el jefe de la expedición, Karl
Herrligkoffer y otros) no tenían su experiencia. Sus verdaderos compañeros y
amigos eran otros: la infusión de coca, las anfetaminas Pervitín, el piolet,
los bastones y la cámara.
Tras un prometedor inicio, el
deficiente liderazgo de Herrligkoffer llevó al grupo a un mes de completo
estancamiento a 6150 metros de altura. Incluso, dada la inminencia de un
monzón, el “líder” ordenó la retirada de todo el grupo, lo cual no fue
obedecido por Buhl y otros 3 alpinistas, que siguieron el ascenso. El 2 de
julio se encontraron a 6900 metros de altitud, donde establecieron el llamado “campamento
V”. Pero a las 2 de la madrugada de esa misma noche, al despertar, Buhl pudo
comprobar que sus acompañantes no tenían la misma hambre de gloría que a él lo
consumía: habían desaparecido en la inmensidad de aquella blanca y profunda
noche.
Hernan siguió a solas,
resuelto. Un día duró el ascenso final que se le antojó interminable, en medio
del hambre, la sed, el cansancio y la poca visibilidad. Para evitar pesos
innecesarios, enterró su mochila en la nieve con la idea de recuperarla en el
descenso. Con el cuerpo destrozado, Buhl
solo era sostenido por las anfetaminas y aquel espíritu que en las alturas
torna puro y sobrepasa el cuerpo. Las 7 de la tarde de aquel mismo día dejó la
victoria el sello en su semblante: Buhl alcanzó la cumbre, a 7820 metros de
altura.
El descenso, al amanecer,
tampoco fue fácil; fue peor, debido al hambre y sed. Pero Buhl experimentó
aquello que también otros escaladores han vivido en situaciones límite: la
sensación de estar acompañado, de ser protegido por algo o alguien. ¿Alucinación
del Pervitín, del hambre, del brutal cansancio? ¿La conciencia de su propia
majestad ante la cobardía de sus compañeros, alejándolo de lo humano y
acercándolo a lo divino? Fuera lo que fuera, le permitió a Buhl resistir. 41
horas después de haber sido abandonado por sus compañeros, llegó al campamento
V, donde sus compañeros lo daban por muerto. No solo se había salvado; había
salido victorioso.
4 años después, Buhl y un
nuevo grupo (que incluía a Kurt Diemberger) se lanzaron a la ascensión del Chogolisa,
de 7.665 m, tras haber conquistado el Broad Peak de 8.047 m. Allí Hernen Buhl
encontró la muerte, “en su ley”, al fallar una cornisa en medio de la tormenta
y caer al vacío: a solas y cerca de los dioses.
Cabe suponer que aquella
experiencia días atrás de “sentirse acompañado y protegido”, al descender de la
cumbre del Nanga Parbat, años atrás, fue el llamado de aquellos dioses, el
aviso de la próxima partida de Buhl al Olimpo.
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