domingo, 7 de septiembre de 2014

Crónica de Hernann Buhl

Hermann Buhl: Arriba y a solas
“Aquí no impera ya más que el espíritu; el espíritu que no piensa en otra cosa que en subir”. Esta cita de origen desconocido podría también atribuirse a Hernamm Buhl, uno de los mejores alpinistas austriacos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en los extenuantes momentos previos a llegar a la cumbre del Nanga Parbat, a 7820 metros de altitud. Y es que, tal vez, aparte de la droga, aquello que le dio las fuerzas para llegar a la cima de aquel temible nevado fue el verse abandonado por sus compañeros.
Era 1953 y un mes antes de llevar a éxito la expedición en helada y absoluta soledad, Buhl, austriaco de nacimiento, se encontraba listo para una nueva aventura en los alpes alemanes, aun cuando las personas que lo acompañaban (el jefe de la expedición, Karl Herrligkoffer y otros) no tenían su experiencia. Sus verdaderos compañeros y amigos eran otros: la infusión de coca, las anfetaminas Pervitín, el piolet, los bastones y la cámara.
Tras un prometedor inicio, el deficiente liderazgo de Herrligkoffer llevó al grupo a un mes de completo estancamiento a 6150 metros de altura. Incluso, dada la inminencia de un monzón, el “líder” ordenó la retirada de todo el grupo, lo cual no fue obedecido por Buhl y otros 3 alpinistas, que siguieron el ascenso. El 2 de julio se encontraron a 6900 metros de altitud, donde establecieron el llamado “campamento V”. Pero a las 2 de la madrugada de esa misma noche, al despertar, Buhl pudo comprobar que sus acompañantes no tenían la misma hambre de gloría que a él lo consumía: habían desaparecido en la inmensidad de aquella blanca y profunda noche.
Hernan siguió a solas, resuelto. Un día duró el ascenso final que se le antojó interminable, en medio del hambre, la sed, el cansancio y la poca visibilidad. Para evitar pesos innecesarios, enterró su mochila en la nieve con la idea de recuperarla en el descenso.  Con el cuerpo destrozado, Buhl solo era sostenido por las anfetaminas y aquel espíritu que en las alturas torna puro y sobrepasa el cuerpo. Las 7 de la tarde de aquel mismo día dejó la victoria el sello en su semblante: Buhl alcanzó la cumbre, a 7820 metros de altura.
El descenso, al amanecer, tampoco fue fácil; fue peor, debido al hambre y sed. Pero Buhl experimentó aquello que también otros escaladores han vivido en situaciones límite: la sensación de estar acompañado, de ser protegido por algo o alguien. ¿Alucinación del Pervitín, del hambre, del brutal cansancio? ¿La conciencia de su propia majestad ante la cobardía de sus compañeros, alejándolo de lo humano y acercándolo a lo divino? Fuera lo que fuera, le permitió a Buhl resistir. 41 horas después de haber sido abandonado por sus compañeros, llegó al campamento V, donde sus compañeros lo daban por muerto. No solo se había salvado; había salido victorioso.
4 años después, Buhl y un nuevo grupo (que incluía a Kurt Diemberger) se lanzaron a la ascensión del Chogolisa, de 7.665 m, tras haber conquistado el Broad Peak de 8.047 m. Allí Hernen Buhl encontró la muerte, “en su ley”, al fallar una cornisa en medio de la tormenta y caer al vacío: a solas y cerca de los dioses.  
Cabe suponer que aquella experiencia días atrás de “sentirse acompañado y protegido”, al descender de la cumbre del Nanga Parbat, años atrás, fue el llamado de aquellos dioses, el aviso de la próxima partida de Buhl al Olimpo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario